UTOPÍA Z: PRESENTE ( entrada nº 2 )


EL COMIENZO
I

      29 de diciembre del 2016.

      Dos días para concluir el año. Dos días después de iniciar el apagón. Dos horas llenas de horror en calles, avenidas, apartamentos, casas, esculpiendo lo que ahora es un dantesco escenario. Dos minutos taciturnos que dieron paso a las seis de la tarde. Dos segundos para que el mundo en el que comenzamos, en el que conocemos se conmocionara con un ligero pestañear y desapareciera entre los ronroneos silenciosos de unos organismos sin voluntad con su repetitivo dentelleo de repugnantes incisivos negros.

Mi nombre es Ayrton Blair y resido en la costa oeste de Estados Unidos, Los ángeles, California, bueno, lo que aún queda de ella. Hogar de las estrellas de cine de Hollywood, nido de los hombres de negocio, residencia de los amantes de  surfing. Si no me equivoco éramos casi cuatro millones de habitantes antes del gran apagón, antes de que el reloj de los dormidos se pusiera en funcionamiento con esos engranajes desconocidos, marcando las seis en punto de un ocaso en todo el mundo o por lo menos en mi franja horaria. Punteando un olor rancio por toda la atmósfera, por toda la ciudad, omitiendo lo que una vez llegaron a ser para crear lo que ahora conocemos como una enfermedad sanguinaria, caníbal.

Los llamados despertaron de ese estado de hibernación, se reiniciaron como maquinas controladas por un súper ordenador, emprendiendo una horrenda cruzada de sangre que antiguamente se podría denominar en los antiguos textos como el apocalipsis de San Juan. Menos de dos horas, un tiempo de padecimiento en que sacudieron por completo la civilización y retrocedieron a la humanidad hasta el año cero.

Se activaron como un ejército adiestrado, sin armas, sin uniforme, sin un motivo visiblemente en el que regir un nuevo orden, golpeando con fuerza a los no infectados y ahogando a la propia ciudad en los humos nocivos de la pestilencia. Los conocidos acabaron igual que los ignorados, los emotivos igual que los apáticos, fue algo sacado de la más terrible pesadilla donde nadie estaba a salvo. Muchos perecieron entre los dientes pútridos de esas cosas, otros ante el desorden y la confusión: bajo las ruedas de los coches, entre las calientes llamas de los cientos de incendios, en esos aislamientos subrayados de los suicidios. Después solo hubo silencio. Los vigilantes inanimados seguían acechando como depredadores, pero esta vez quietos, sin moverse, impidiendo que los vivos abandonáramos nuestras trincheras, nuestros pequeños fortines para buscar un sitio mejor o un lugar donde volver a empezar.

Y he aquí donde yo me encuentro, subido en lo alto de este medio rascacielos, contemplándolos entre los cortinajes de esta suave llovizna lo que ahora se disponen hacer conmigo.

Tengo miedo, no voy a negarlo, me aterroriza el solo hecho de pensar que mi cuerpo y mi mente serán controlados por ese apetito irresistible por la carne humana. Que todos los caídos, amigos, familiares, Sara… ahora están entre las filas de los entes sin nombre. Espero, de verdad, que todo esto que está aconteciendo, solo sea un mal sueño del que tengo que despertar, donde mi aburrida vida de ser humano fuera devuelta con una simple jaqueca, sabiendo que este dolor es una mentira y esta hecatombe una simple fantasía.

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